La conjura previa al 17 de octubre del 45

Historia. El primer antiperonismo se gestó en la intimidad del mismísimo líder. Como dos caras de la misma moneda nacían dos vertientes opuestas alrededor de Juan Domingo Perón.

POR FABIAN BOSOER en Revista Ñ

Entorno. El coronel Perón hacia 1943-44 cuando tenía su cuartel general en Viamonte y Callao con los oficiales del GOU.

Entorno. El coronel Perón hacia 1943-44 cuando tenía su cuartel general en Viamonte y Callao con los oficiales del GOU.

Antes de que Perón fuera Perón, en los inicios de su carrera de ascenso al poder y cuando el movimiento político que llevaría su nombre y cambiaría el curso de la historia argentina aún no figuraba en los planes de nadie, entre sus primeros interlocutores civiles, producida la revolución militar de junio del 43, se contaban algunos de quienes serían luego sus más acérrimos enemigos. En ellos encontraría el influyente coronel su primera base de apoyo político, antes de contar con los sindicatos desde la estratégica Secretaría de Trabajo y Previsión. A ellos daría espacio en el gobierno cívico-militar para escalar posiciones y librarse de los sectores filo-fascistas y ultramontanos encaramados en el gobierno. De ellos tomaría varias ideas para su plataforma de lanzamiento y su marca de identidad política.

Todo ocurrió entre septiembre del 43 y julio del 44 y tuvo como escenario el edificio de la esquina de Viamonte y Callao, donde funcionaba la Secretaría de Guerra y en el que Perón había fijado su cuartel general junto a sus camaradas de la logia GOU luego del exitoso levantamiento militar del 4 de junio, movimiento presentado por sus protagonistas como una revolución que venía a terminar con una década de fraude y corrupción. Se encontraban en el despacho de la calle Viamonte unos diez jefes militares con rangos de coronel y teniente coronel y entre diez y doce jóvenes civiles de saco y corbata, pelo engominado, abogados en su mayoría. Un capitán leyó un informe del Ejército haciendo una descripción formal de los distintos partidos políticos entonces existentes. El coronel Perón intervino sólo algunas veces con pocas palabras, pero era evidente que era él quien dominaba la situación. Dijo que convenía que se continuaran realizando reuniones para conocerse mejor, sugiriendo hacerlo una vez por semana, todos los jueves; que podrían ser diecisiete los jóvenes civiles porque eran diecisiete los jefes militares que estaban a cargo de la situación –aludiendo al GOU, pero sin nombrarlo–; y anunció su propósito de hacerse designar al frente del Departamento Nacional del Trabajo para iniciar contacto con los sectores obreros.

Terminada esa primera reunión, los jóvenes salieron entusiasmados por la perspectiva que se les abría, aunque las diferencias ideológicas entre ellos eran tantas como las que mostraban los uniformados. Los grupos nacionalistas veían al alcance de la mano el proyecto de ocupar el poder con el apoyo eventual de algunos jefes militares a quienes consideraban, a priori, intelectualmente inferiores y a quienes se proponían influir mediante su mayor cultura y preparación doctrinaria. Entre ellos había tres grandes subgrupos: los que se identificaban con el nacionalismo popular de raíz yrigoyenista, nucleados en FORJA –allí participaba Arturo Jauretche–, los de filiación conservadora y simpatías con alguna de las variantes del fascismo europeo que habían participado activamente en la caída de Yrigoyen e interpretaban el movimiento del 43 en continuidad con el golpe del 30, y los que integraban el llamado Movimiento de la Renovación, también conservadores que advertían sobre los defectos de la aplicación del sistema liberal en la Argentina y condenaban el fraude pero repudiaban las inclinaciones fascistas de sus compañeros de ruta y preconizaban “la renovación política y social del país dentro de la ley y el orden”.

El primer adversario
Este club político se había constituido en 1941, con un manifiesto de cinco puntos cuya idea central era la propuesta de una “Tercera Posición” frente a los partidos políticos liberales, por un lado, y los grupos nacionalistas totalitarios por el otro. Sostenían la neutralidad frente a la guerra “pero no para apoyar a los nazis, sino como una posición esencial de la Nación, por razones semejantes a las que habían sostenido los EE.UU. hasta Pearl Harbor” y la independencia económica “contra todos los imperialismos”. “Ni anglófilos , ni germanófilos, ni neutrales de circunstancias; ni liberalismo ni totalitarismo”. Hablaban además de soberanía política y justicia social, reivindicando la raíz socialcristiana de estas ideas basadas en las encíclicas papales y la doctrina social de la Iglesia. A Perón lo cautivó la propuesta y la tomó como propia.

Su principal referente era Bonifacio del Carril, un protagonista de aquellas reuniones que culminarán con su llegada al puesto clave de subsecretario del Interior, acompañando al general Luis César Perlinger en octubre del 43. Es durante esos meses que Del Carril y Perón sostienen varias reuniones que tendrán una importante influencia en el curso de los acontecimientos. En una de ellas, cuenta Del Carril en su libro Memorias dispersas(1984), Perón le dice textualmente: “En este país se nace radical o se nace conservador. Yo nací orejudo (apodo que los radicales aplicaban a los conservadores), y mi abuelo era orejudo. Pero yo no voy a ser orejudo, que son menos; voy a ser radical, que son más”. Su propósito, le explicaba, era atraer al partido radical y organizar un movimiento obrero para que apoyase oportunamente la salida electoral.

Relata Del Carril una visita a Perón en mayo del 44, en su domicilio de Arenales y Coronel Díaz, donde el coronel guardaba cama aquejado de un fuerte estado gripal. Allí lo encuentra leyendo las publicaciones del Movimiento de la Renovación, y señalando el folleto que definía la tercera posición, le dice: “Usted lo escribió; yo lo voy a hacer”. Y así lo haría dueño de una extraordinaria intuición política: se desprendería de sus adversarios castrenses y primeros aliados civiles y conduciría a aquella dictadura cívico-militar cargada de contradicciones y elementos del pasado, hacia un nuevo escenario más cercano a las realidades de la posguerra, el cual se precipitaría en los sucesos del 17 de octubre del 45.

Aquel aliado inicial será su implacable adversario sin dejar de reconocer sus rasgos de gran prestidigitador: “Decidió conquistar a las masas, comprendiendo claramente que la pretensión de hacerlo desde afuera era vana y que, en cambio, debía identificarse con ellas si quería conducirlas. Lo hizo con gran habilidad, deliberada y concientemente. En su prédica empleaba un recurso dialéctico primario: inventaba la existencia de un adversario o de una idea contraria para tener a quien atacar y refutar como base de la argumentación que desarrollaba. Utilizó con este fin la figura del oligarca, y después, la del contreras, palabra que inventó y define claramente esta peculiaridad. De esta manera dividió al país en peronistas y contreras”.

Del Carril y su gente, alistados junto a los militares que resistirían el activismo de Perón en Trabajo y Previsión, sus relaciones con el mundo obrero y su designación como ministro de Guerra y vicepresidente, y que recelaban entre otras “cuestiones de piel” de la presencia de Evita en esos conciliábulos, terminarían enfrentados con éste y constituirían el “núcleo duro” de una enemistad perdurable, destinada a construir un nuevo antagonismo. Desde entonces no dejaron de conspirar, estuvieron en la primera línea de militares y civiles que impulsaron su derrocamiento en el 55 y formaron parte de sucesivos gabinetes y elencos influyentes de los gobiernos que se sucedieron luego de cada golpe de Estado. Del Carril, el mentor de los primeros escritos sobre “la Tercera Posición”, participará de la llamada Revolución Libertadora acompañando al general Julio Lagos, el antiguo teniente coronel del 43, en la sublevación del Ejército del Cuyo. “Mientras hacíamos el largo periplo por San Luis, San Juan y Mendoza –confesará luego– no pude dejar de recordar las charlas y contra-charlas que habíamos mantenido con el coronel Perón en 1943 y 1944”.

El episodio que se relata tiene una significación que trasciende lo anecdótico. Muestra que la historia política argentina puede ser recorrida a través de sus relatos antagónicos o de las complejas relaciones que se enhebran entre ellos. El antiperonismo no se explicaría de tal modo solamente como una reacción visceral al fenómeno peronista que irrumpe en escena en octubre del 45 –la alianza entre el líder militar y los trabajadores– sino también como cristalización de la diversidad de vertientes por las que circuló la tradición política liberal en la primera mitad del siglo veinte, entre el apogeo y crisis del orden conservador y el modelo de la Generación del 80, el ascenso del radicalismo, la restauración conservadora del 30, el golpe del 43 y la irrupción del nacionalismo –en sus vertientes fascistas, populistas o democráticas– hasta 1945. El período 43-46 ofrece, en tal sentido, el carácter de gestación de procesos que darían a luz tiempo después, y cuyos derroteros podrían haber tomado diferentes rumbos. En ellos, es posible conjeturar que la antinomia peronismo-antiperonismo instituye identidades políticas especulares, como dos caras de una misma moneda, dos sogas atadas en un mismo nudo. Y si así fuera, no resultará extraño encontrarse con que los más acérrimos enemigos de Perón serán precisamente quienes lo acompañaron en su primera llegada al poder.

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